Estados Unidos: Consecuencias de la Crisis de su política interna

 Estados Unidos de América, cuyo mito político, creído y vendido así, supone ser referente democrático, cultural, político y económico para el mundo, sufre una severa crisis, incluso de legitimidad como arquetipo, en su propia sociedad.

El descrédito del llamado “modelo estadounidense” es evidente. Un país construido en base a mitos fundacionales como por ejemplo, aquel que habla del destino manifiesto o el ser luz y faro del mundo libre, pilar de la “democracia representativa”, que se ha desmoronado con estruendo a la luz de los acontecimientos catalizados, sobre todo, bajo la actual y agonizante administración del presidente Donald Trump: arbitrariedad y brutalidad policial, violación de las libertades civiles, sobre todo de las minorías de negros y latinos, unido a una creciente islamofobia.

Realidad que ha traído consigo, disturbios raciales, violencia armada, en un marco de corrupción interna y externa a través del tráfico de influencias, como muestra transversal de la responsabilidad de la casta política y empresarial estadounidense, donde juega un papel fundamental el poderoso complejo militar – industrial. Unido a los poderosos grupos de presión saudí, sionista y energético. Todos ellos marcando líneas de acción de política interna y externa, donde Trump ha generado una crisis de liderazgo de su país, lo que además refleja un debilitamiento como modelo a seguir en el plano hegemónico occidental.

Sumemos a ello las conductas irresponsables de la administración Trump, en materia de combate al Covid 19, que convirtieron al derrotado mandatario estadounidense en un líder negativo, considerado un negacionista y en constante entredicho con sus asesores del mundo científico. Un presidente con características megalómanas con permanentes medidas de obstrucción, para contender con la epidemia, que ha convertido a Estados Unidos en el país con mayor número de contagios (16 millones) y muertos del mundo (300 mil al 11 de diciembre del 2020). Y, sin visos que esta realidad cambie en los próximos meses, profundizando la crisis económica, que ha traído aparejada esta pandemia global.

La situación política interna, agudizada por el desconocimiento de Trump del triunfo del demócrata Joe Biden, en las elecciones del pasado 3 de noviembre y sus intentos de deslegitimar esa victoria en forma verbal y práctica. Es decir, usar las redes sociales y declaraciones a los medios de información unido a su campaña judicial, desestabiliza a las instituciones estadounidenses. Crea una atmosfera de descrédito en las instituciones de esa democracia. Incrementa la división social, genera una brecha racial, entre aquellos que mayoritariamente apoyaron al multimillonario y aún presidente y que significó 74 millones de votos y aquellos que ven en Trump un peligro a lo que denominan como “la democracia estadounidense” y que constituyen 81 millones de votos, la más alta cantidad obtenida por candidato alguno, en este caso Joe Biden.

Un Estados Unidos desestabilizado en lo interno, no es garantía de fiabilidad en el plano de su política exterior. Esto, pues puede ser conducido por mentes afiebradas, por los sectores más belicistas, quienes pueden generar una salida hacia el exterior de las fronteras como una manera de descomprimir la situación interna. Aglutinar a los “patriotas” en torno a una hipotética amenaza de una potencia al otro lado del Atlántico o el Pacífico o un hipotético peligro que pueda sufrir alguno de sus aliados, como el régimen sionista, Taiwán, Colombia o un aliado europeo. Un peligro que se incrementa por el potencial nuclear estadounidense, que según datos signado para este año 2020 dispone de dos mil ciento cincuenta ojivas nucleares activas (1.950 de ellas estratégicas y 200 tácticas) a lo cual hay que sumar 2.800 en reserva y 3 mil almacenadas para su desmantelamiento, para un total aproximado de 8 mil armas nucleares, distribuidas en silos, en submarinos y aviación estratégica en permanente vuelo. No olvidemos, que parte de estas armas están dispuestas, en un porcentaje importante de sus 800 bases militares distribuidas a lo largo del mundo.

Esa inquietud que rodea a los gobiernos del mundo respecto a la posibilidad que los problemas internos de Estados Unidos deriven en una crisis internacional  se incrementan con la nula confianza que se tiene en el actual mandatario, la falta de cumplimiento en sus compromisos internacionales (por ejemplo el llamado Plan Integral de Acción Conjunta referido al acuerdo nuclear con Irán) que fue firmado por el ex presidente Barack Obama y luego borrado de un plumazo por Trump, para así satisfacer los anhelos de sionistas y saudíes en su pugna contra Irán.  Un Estados Unidos acusado permanentemente de un doble rasero cuando se trata de la lucha contra el terrorismo. Esto, porque gran parte de esos grupos, que actúan principalmente en el Magreb, Asia occidental, Asia central, han tenido el aval y apoyo del propio Washington sus aliados israelíes y la casa al Saud, quienes de esa forma han pretendido defender los intereses geopolíticos de Washington en esas partes del mundo.

Una política exterior, que se ha concretado, en innumerable oportunidades, incluso  ignorando, los propios intereses de sus aliados, por ejemplo de la organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) impulsando intervenciones militares, obligando a los gobiernos europeos a hacerse parte de una estrategia global de sanciones contra los países listados por Washington y al mismo tiempo utilizar las instituciones internacionales, de las cuales Estados Unidos se retiró de muchas de ellas, les quitó el financiamiento o simplemente las desconoce (Consejo de derechos Humanos de la ONU, UNICEF, UNESCO, Organización Mundial de la Salud, Corte Penal Internacional entre otras), para presionar la adopción de medidas sancionatorias, con bloqueos, embargos y desestabilización, que generan situaciones de conflicto y crisis humanitarias globales.

Ha sido notorio como las diferencias entre Estados Unidos y parte de sus aliados como por ejemplo Francia, Gran Bretaña y Alemania, ha llevado a la toma de decisiones, con amenazas incluso de sanciones contra ellos sino se sumaban a la política de hostilidad contra China o continuar en el Plan Integral de Acción Conjunta con Irán. Con Alemania se llegó a la decisión de retirar parte de las tropas estadounidenses estacionadas en bases militares en ese país europeo y trasladarlas a Polonia, exigiendo, a su vez, el denominado “pago de la factura militar” que según Trump, Alemania le debe a Estados Unidos por su protección. Un Estados Unidos decidido a imponer su visión de mundo, sus propias leyes al margen de la Carta de las Naciones Unidas como ha sido el apoyo irrestricto otorgado al régimen sionista, para seguir con su política de colonización y ocupación de Palestina. Negándose a utilizar el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, para establecer el uso del Capítulo VII de la Carta de las Naciones Unidas, por constituir Israel una amenaza y un quebrantamiento de la paz.  

En América Latina su política de hostilidad contra Cuba y Venezuela ha sido una constante. No ha cesado de implementar lo que denomina una política de máxima presión, incluyendo la organización de ataques armados desde suelo colombiano contra Venezuela (con participación de mercenarios estadounidenses), uso de herramientas propias de las Guerras Hibridas y una política sancionatoria en todos los ámbitos, que tiene sumergida a Venezuela hoy en una profunda crisis.

Lo mencionado de la política estadounidense y en especial de la administración Trump no cesará por el mero hecho de un cambio de gobierno. No tengo muchas esperanzas en un cambio radical en las acciones desestabilizadoras contra numerosos países y sociedades de nuestro planeta o que finalicen los procesos de colonización y ocupación del pueblo saharaui y del palestino. O, que cese la guerra de agresión contra Siria, Yemen, Irak o termine de una vez la hostilidad contra Venezuela. El presidente estadounidense electo, Joe Biden, no es garantía de solución. Constituye una incógnita el saber, por ejemplo ¿Volverá a ser parte del acuerdo nuclear con Irán? ¿Volverá a reestablecer relaciones con Cuba? ¿Terminará la guerra comercial con China? ¿Cesarán las amenazas en el mar meridional de la China? Lo que sí es evidente, es la demostración del impacto negativo que la inestabilidad estadounidense genera en el mundo y sobre todo los intentos destructivos de esa nación de reescribir la historia a su antojo, con relación a una visión de mundo que hemos detallado en artículos de segundopaso.es referidos a esta idea del destino manifiesto, en el marco de los elementos del carácter nacional estadounidense.

Estados Unidos representa un peligro para nuestros países. Es una nación con búsqueda constante de objetivos signados como el MAL, a quienes enfrentar como un llamado específico de defensa de un modo de vida, que a estas alturas, está más que cuestionado. Una realidad que suele explicar que la necesidad de armarse y rearmarse y que ha sido una justificación, para el desarrollo de su complejo militar industrial, que dinamiza su economía, haciéndola parte de un engranaje imposible de detener, sin que ello signifique una crisis económica de envergadura. Estamos en presencia de un país dotado de un misticismo mesiánico peligroso, para su sociedad y para el resto del mundo, que impulsa a sus gobierno, apoyado por su poder político, financiero, mediático y grupos de presión, para cometer una serie de atropellos, no sólo a nivel externo, sino también a nivel de política doméstica, como lo hemos observado en estos meses de tensiones raciales, sociales, en plena crisis sanitaria y en elecciones generales, que han demostrado que la cacareada democracia estadounidense es simplemente un bluf.

Las consecuencias que se están viviendo, con la agudización de las dificultades de la política interna muestran, desigualdades sociales, mal manejo de la pandemia sanitaria, que en un marco de crisis del proceso de globalización muestran, igualmente y con evidencia el fracaso del unilateralismo preconizado por Washington. La prueba palpable que las instituciones de una democracia en entredicho, en tierras norteamericanas, necesitan un profundo y medular cambio, es la crisis constitucional y la violencia social, que ha traído la disputa por la presidencia, que aún no se resuelve y que dan cuenta que sus dificultades internas están en el marco de las complejidades que el mundo ofrece. Desafíos que deben ser asumidos por las administraciones estadounidenses, que a la luz de los resultados aún no ratificados, debería estar en manos del demócrata Joe Biden.

Desafíos que van desde el cambio climático, pasando por un multilateralismo, que muestran el resurgimiento de potencias y el desarrollo de otras, que ponen en entredicho la hegemonía occidental y que amenazan con causar un vuelco inevitable a las relaciones internacionales. Lo sostenido, no debe descuidar nuestra necesaria atención, a este mes que queda del aún mandato de Donald Trump. Un mandatario agónico, pero bien sabemos el peligro de las fieras heridas. Un mandatario que ha llevado a su país a enfrascarse en fuertes divisiones, que las ha volcado, fundamentalmente, cada día más hacia la política exterior y que constituye hoy, a fines de este año 2020, la mayor amenaza a la seguridad que enfrenta la humanidad.

Pablo Jofré Leal

Exclusivo para www.segundopaso.es

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