Que se entienda de una vez: América para los americanos

Estados Unidos representa un peligro para las relaciones internacionales y sobre todo cuando la referencia es Latinoamérica. En esta región se han concretado ciertas concepciones, que han determinado una particular forma de entender los vínculos que Washington tiene con los países al sur del rio Bravo. Y esta noción es la que en el plano de la política exterior estadounidense, con relación al conjunto del continente americano, se conoce como la Doctrina Monroe (1) que marca el inicio de la política exterior del país del norte.

Un evangelio político diseñado bajo la creación intelectual de John Quincy Adams y atribuida erróneamente al quinto presidente de los Estados Unidos James Monroe cuando éste la presentó en el Discurso ante el Congreso el año 1823. Una Doctrina, que en esencia proclamaba a Estados Unidos como líder de la oposición de los países americanos a la amenaza de la posible restauración monárquica en Europa y la llamada Santa Alianza tras las guerras napoleónicas y el temor que pretendieran recuperar algunas posesiones en América. La idea de “América para los americanos” como oposición al colonialismo, se transformó en “América para los estadounidenses”, que incluso tomaron para sí el nombre de América, expresando de ese modo su verdadero objetivo: transformar a los países del sur en su patio trasero, países dependientes de Estados Unidos, en todos los planos: económico, militar, político y hasta cultural.  América no es Estados Unidos y un acto de soberanía y de exigencia a quienes se refieran a ese país, es dejar de mencionarlos con nuestra denominación. América es Norteamérica, Centroamérica, Sudamérica pero no Estados Unidos. Un acto de independencia cultural comienza por este sencillo paso de autodeterminación.

 

Mitos Estadounidenses

 

Existe un documento muy interesante, del autor Martin Goldstein «America´s Foreigh Policy: Drift or Decision “ (2), donde examina una serie de valores, creencias y tradiciones, que se manifiestan en la cultura política norteamericana, y que son significativos e importantes a la hora de entender su conducta en política exterior. Conceptos tales como aislacionismo, legalismo, moralismo, sentido de misión, a lo que se une el pragmatismo político, Liberalismo económico, empresa privada y optimismo, se confunden en su actuar en el plano internacional, originando una conjunción de intereses políticos, económicos, militares y lógicamente culturales, que se proponen imponer, no compartir. Y, en ese plano resulta indispensable sostener una política crítica con relación a la participación de Washington en nuestros procesos regionales de integración y que suelen ser amenazados precisamente por el régimen estadounidense.

Estos elementos de la cultura política estadounidense que he mencionado son contradictorios, ambivalentes y nunca actúan o intervienen de forma individual. Al realizar un análisis más detallado de la historia de los Estados Unidos, notamos un país convencido de tener un sentido de misión en el mundo a través de una especie de destino manifiesto[1]bajo la égida de una serie de valores morales que se oponen a su actuar práctico: intervencionista, sostén de dictaduras y regímenes antidemocráticos, y lejos de su manoseada monserga de libertad política, autodeterminación y otros puntos más parecidos a una utopía que una realidad. La política estadounidense suele ser de control de aquellos países cuyos gobiernos le son incondicionales y de intervención directa o desestabilización cuando los gobiernos no le son afines como es el caso de Cuba y Venezuela como ejemplos paradigmáticos de intervención de Washington en los procesos de política interna dañando en forma evidente la soberanía de estos países.

Desde sus inicios, los habitantes de las colonias inglesas en el Nuevo Mundo se sintieron parte de una nueva cosmovisión. Los Puritanos del Mayflower escapaban de la persecución en tierras inglesas, para establecerse en una tierra que se les ofrecía pletórica de oportunidades.  Llegaban con una concepción del mundo, con una ética y un espíritu que transformarían en razón y motor de su actuar cotidiano. Los Puritanos que arribaron a América del Norte tenían como emblema, y espíritu de sus creencias capitalistas el trabajo como principal sostén en el desarrollo integral del hombre. Un hombre » que elevaba su conducta a trabajo racional, calculado, coherente y dotado de aquella férrea unidad y obstinación con la que el cristiano buscaba su salvación” (3) Y la forma política donde mejor se podía expresar esta manera de entender el mundo, era con un sistema donde se permitiera la iniciativa particular, sin trabas del estado en la generación de riqueza, que sobreentendía el hecho, que a más riqueza individual, más riqueza social. La competencia es entendida como un torneo de limpieza y prosperidad – Yo muestro mi valer como ser humano, ante otros y ante dios si consigo el éxito en las empresas en las que me embarco.

A partir de lo anterior podemos entender, que uno de los elementos fundamentales del carácter nacional norteamericano, que más influyó en su forma de actuar y entender la política exterior se refiere a su moral, a su ética en lo que dice relación a entender su conducta frente al comportamiento de los otros. Ese espíritu al que nos referimos marcó el actuar, la comprensión y el análisis que se hacían sobre los fenómenos políticos externos en los que Estados Unidos ha participado, ya sea por acción o por omisión, y en ese comportamiento el concepto de dinero adquiere una relevancia fundamental: El tiempo es dinero. El crédito es Dinero. El dinero tiene una naturaleza fértil y prolífica. Un buen pagador es el dueño de la bolsa de cualquiera. El hombre ha de tener cuidado sobre las cuestiones más insignificantes que influyan sobre su crédito. El hombre debe cuidar de considerar su propiedad como todo lo que posee y de vivir de acuerdo con ello. El sentido del ahorro fortalece mi vida futura (4)

Lo mencionado, es parte componente de esta moral puritana que influyó en la conformación del pueblo norteamericano. Hay por ello un entrecruzamiento entre el moralismo religioso y la actividad económica. Creo que esto es lo importante de un sistema de valores en los Estados Unidos, y no tanto ese supuesto respeto a la autodeterminación de los pueblos, a los derechos fundamentales del hombre o la libertad individual de aquellos. Para los Estados Unidos todos aquellos conceptos son letra muerta cuando sus intereses, que es hablar de peligro para su afán de riqueza es amenazado. Eso genera que el actuar puritano pierda el supuesto carácter aséptico, de sana competencia, de individualismo consciente del bienestar social. De eso sólo queda la excusa, el cascarón hueco de quien sigue repitiendo esas ideas, pero se comporta como un animal carroñero.

Aquellos que no creemos en el sistema de valores, creencias y tradiciones estadounidenses tenemos la responsabilidad de leer los palimpsestos, que la historia de las relaciones internacionales nos muestra, como ejemplos de la falsedad de la política exterior de un país que ha basado su desarrollo y poderío en el desprecio por los derechos de otros pueblos. En ese plano es importante apoyarse en aquellos que perciben también el peligro de resucitar la Doctrina Monroe. Tal idea ha sido declarada por el ministro de Defensa Ruso Serguei Shoigú quien afirmó que “Estados Unidos reanima su doctrina Monroe a fin de restringir la soberanía de los países latinoamericanos…el gobierno de Donald Trump pretende presionar a todos aquellos que no comulguen con su política y un ejemplo de ello es la situación en Venezuela, donde el Gobierno legítimo del presidente venezolano, Nicolás Maduro, es blanco de una presión “sin precedentes” desde el exterior. Shoigú indicó que, ante la política de EE.UU. basada en la mencionada doctrina, Rusia está dispuesta a fortalecer la cooperación militar con los países de América Latina. “Esa cooperación da sus frutos”,” concluyó el alto funcionario ruso en su intervención en la VII Conferencia de Seguridad Internacional de Moscú.

 El factor ruso: Buscando Nuevos caminos

En este escenario político resulta evidente, que Latinoamérica no puede confiar en Estados Unidos y sus administraciones. Debe buscar socios diversos, confiables y que no estén dotados de esa carga valórica donde se desprecia al contrario. Uno de esos posibles socios y que ya ha trazado un camino importante, principalmente es la federación rusa cuya interacción, a diferencia de aquellas que suelen tener Estados Unidos y las ex metrópolis coloniales como España, Francia, Holanda y Gran Bretaña, se basa tradicionalmente en relaciones equitativas y mutuamente beneficiosas. Así se percibe en los pasillos de gran parte de las cancillerías del continente americano, a pesar de la campaña de desprestigio lanzada por Estados Unidos contra el país euroasiático.

El aumento de los vínculos económicos con Rusia ha ido a la par de la apertura a China y la República Islámica de Irán sobre todo en aquella área que en algún momento se denominó ALBA y que recibió el ímpetu desestabilizador de Estados Unidos. Sobre todo durante la última década, en que una serie de gobiernos latinoamericanos: Venezuela, Ecuador, Cuba, Nicaragua, Bolivia, Argentina ubicados en la trinchera política más de izquierda o progresistas profundizaron su relaciones políticas y económicas con la Federación Rusa. La tesis subyacente a este tipo de acciones, que es considerada y estudiada en aquellas cancillerías más sujetas al influjo estadounidenses, refiere que en un entorno de paz inestable en el mundo, Rusia y aquella asociación de países en la cual se inscribe, como es el BRICS sigue siendo una de las pocas asociaciones internacionales basadas en una asociación equitativa y mutuamente beneficiosa.

Esa visión ha sido expresada en el más alto nivel del gobierno ruso. Hace unos meses atrás el director para América Latina del Ministerio ruso de Asuntos Exteriores, Alexander Schetinin, señaló que Rusia trabaja con objetivos que no son coyunturales “»Las buenas relaciones de Rusia con América Latina no dependen del color del Gobierno» haciendo clara referencia a una mirada estratégica, que no dependen de los cambios que se operen en cada país pero que, indudablemente, mientras sean más independiente de Washington, mucho mejor. Es evidente que bajo Donald Trump, la importancia que Washington ha otorgado al resto del continente americano ha sido escasa. Más dedicado a impedir la entrada de inmigrantes a su territorio que a buscar caminos de desarrollo junto a sus vecinos del sur o acercar posiciones políticas y económicas con el polo sudamericano, Trump ha menospreciado a gran parte de América.

Y, en ese contexto, en un mundo pleno de cambios, creo ya demasiado tarde, Estados Unidos ve con creciente temor como China y especialmente la Federación rusa, están teniendo una gran incidencia en el área. El factor Venezuela ha sido especialmente sensible, lo que ha puesto  tanto a Moscú como a Beijíng en el ojo  político estadounidense, calificándolos como los rivales a temer en la región ya no extra hemisféricos, lo que muestra el talante del desafío que enfrenta una política que solía mirar a los países al sur del rio Grande como una simple suma y que ha tenido que entrar a entender que existen otros países capaces de entender las relaciones internacionales como mutuamente beneficiosas y no sólo en beneficio de la voracidad gringa. Rusia, así sostenido por Schetinin, expresando con ello la posición de su gobierno afirma “Nosotros trabajamos a favor de una estabilidad estratégica en el mundo…no le ponemos ninguna condición a ningún país para sentarse a negociar»

Estos años de gobierno de Putin han mostrado a una Rusia distinta, que se presenta ante el mundo como la potencia que es, con una gran consolidación interna y proyectándose al mundo como un actor relevante, en cada continente. Ya sea en oriente medio y su defensa de Siria, en gran parte de los países americanos, del proceso cubano y venezolano, exigiendo respecto a la autodeterminación de los pueblos. Rusia es hoy un actor que despierta confianza, que trabaja sin amenazas o sanciones. Trabaja con reglas adscritas a las normas internacionalmente reconocidas por el derecho internacional y ello, con un Estados Unidos que aún cree en el destino manifiesto, en Doctrinas añejas y peligrosas, sin duda se agradece.

 

No es extraño entonces que esta América, despliegue un abanico de relaciones con aquellos que nos respeten. Un continente que día a día consolida su propio nombre, sin temor a usarlo, llamándonos como lo que somos, alejándonos, por ejemplo, de conceptualizaciones como aquellas de denominarnos hispanoamericanos o latinoamericanos, que nos permite recobrar nuestro concepto, nuestra forma de identificarnos. América con señorío de los americanos no tiene dificultades en sentarse con Estados Unidos, China, con la Federación rusa y con Irán si así lo desea pero bajo premisas de una asociación equitativa y mutuamente beneficiosa, sea esto en el plano político, comunicacional, económico o militar. Ser americano y mantener buenas relaciones con el mundo es un imperativo, haciendo realidad aquellas palabras del fallecido artista chileno Rolando Alarcón “Si somos americanos somos hermanos señores, si somos americanos no miraremos fronteras”.

Pablo Jofré Leal.

  1. Goldstein, Martin. «America´s Foreign Policy: Drift or Decision. Rowman & Littlefield Publishers. 1984
  2. John Quincy Adams, autor intelectual de esta doctrina sostenía la necesidad de mantener y desarrollar el concepto de supremacía de la forma de vida norteamericana, sobre otras culturas consideradas inferiores, y lógicamente constituían una «casta imposible de mejorar» ante tal panorama no quedaba otra cosa que civilizar a tales hordas.
  3. Weber Max. «La Ética Protestante y el Espíritu del Capitalismo «. Itsmo Editores. Madrid, España, 1998, Página 9.
  4. Weber Max. Op. Cit. Página 105

 

 

 

 

 

[1] John Quincy Adams, autor intelectual de esta doctrina sostenía la necesidad de mantener y desarrollar el concepto de supremacía de la forma de vida norteamericana, sobre otras culturas consideradas inferiores, y lógicamente constituían una «casta imposible de mejorar» ante tal panorama no quedaba otra cosa que civilizar a tales hordas.

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